miércoles, 3 de febrero de 2016

Carta de una madre y la respuesta de su hijo

Este relato es una aportación para el concurso del Círculo de Escritores. La carta de la madre está escrita por mí y, la respuesta del hijo, por Héctor Fariña. 



CARTA DE UNA MADRE



Querido hijo:
Solo unas palabras para darte las gracias por tu deseo de hacerme inmortal. Y conocida en todo el mundo.
Famosa.
Aunque ahora sé que hubiera preferido mantenerme en el anonimato.
Siempre supe que tú pasarías a la historia. Qué harías algo tan grande que la humanidad te recordaría por y para siempre.
Bien sabe Dios que mi deseo era que fueras médico, pero tu padre te alentó a que siguieras la carrera militar. Y la seguiste. Con éxito. Tu férrea disciplina unida a tu patriotismo te convirtieron en lo que llegaste a ser: un piloto famoso. Realizaste varias misiones sobre la Alemania nazi, logrando traer siempre de regreso a casa a tus bombarderos ametrallados por el enemigo.
Después: la gloria. Paul, el héroe nacional que con una sola intervención habías acelerado  el fin de la lucha en el Pacífico, salvando de una muerte segura a miles de marines.
Pero toda esa buena reputación cambió de curso cuando el mundo conoció lo que había sucedido en realidad.
Una mañana de agosto, el pequeño chico salió del vientre de ese avión que habías bautizado con mi nombre. Y el cielo se desplomó en aquella población aplastando a sus habitantes.  Las cifras de esos muertos estallaron en la conciencia de los norteamericanos.
También en la mía.
¡Qué contradictorio! Yo deseaba que salvaras vidas y tú de un plumazo aniquilaste cientos de ellas. Miles. “Little Boy” cumplió bien tus órdenes. Era pequeño, pero mortífero.
Sí, Paul, has pasado a la historia. Pero yo no estoy orgullosa de ti. Tampoco de haber pasado contigo.  Siempre unidos. Siempre maldecidos.
Si pudiera pedir un deseo rogaría no ser famosa.  Si alguien me dijera que me gustaría borrar de mi vida sería tachar mi nombre de la memoria de los hombres, siempre asociado a esa máquina infernal. Si me dieras a elegir una sola palabra me quedo con la paz: de vida, de mente, de espíritu.
La que tú me quitaste.
Tu madre.

Enola Gay

Esto es lo que el coronel Tibbets respondió a Enola Gay Tibbets.

Querida madre:

Todos los que se hicieron cruces llamándome asesino con palabras veladas solo son unos hipócritas. Unos cobardes que sentados cómodamente detrás de su escritorio frente a su máquina de escribir buscan nuevos enemigos. Nuevos motivos para odiar.

Patriotas de pacotilla.

Sé, que muchos hubieran querido estar en mi lugar, haber dado la orden de apretar ese botón. Más de los que te imaginas. Muchos más de los que dicen que maté, pero ni siquiera se atreven a comentarlo. A decirlo.

¿O es que tú no te sentiste orgullosa de mí? De tu hijo: el héroe. El que de un plumazo había terminado la guerra.

¿Qué pensabas que había lanzado sobre ellos?

Qué fácil es condenar desde casa. Lejos. A salvo. Sin ver los cuerpos mutilados de tus amigos. Sin sentir el olor de su sangre y de su mierda. Sin escuchar sus gritos ni verlos llorar frente a la foto de alguien a quien no volverían a ver.

¿Sabes, madre? Todavía recuerdo cada detalle de ese vuelo. El frío de la altitud y el sudor del miedo. La lentitud del reloj. El silencio de la tripulación y luego, sus gritos de alegría y sorpresa mezclados con insultos hacia los que estaban debajo de ese hongo majestuoso que no paraba de crecer pintado de grises, rojos y naranjas.

El placer que nacía en mis entrañas.

Y sí, madre, lo volvería a hacer. Y volvería a ponerle tu nombre.

Porque te amo.

Tu hijo, Paul Tibbets.



La dirección de esta segunda parte del relato está en el blog de Héctor Fariña