lunes, 17 de julio de 2017

La decisión

Nada más entrar en mi calle escucho la palabra: asesinato. No pienso nada, vivo en un barrio conflictivo y aunque los crímenes no son habituales tampoco tienen nada de extraño. Alguna riña de drogadictos, pienso.
Un coche de policía, una ambulancia y varios curiosos hacen la calle impracticable, pero atrapada por la curiosidad me mezclo entre el gentío con la intención de preguntar. Las palabras se me quedan trabadas en la boca cuando del portal colindante al mío veo dos enfermeros portar una camilla con un cuerpo tapado. No me hace falta verle la cara.
Sé quién es.
Un mechón de pelo rojo se ha escapado de la mortaja y como si de una llamarada se tratase el reconocimiento del cadáver me golpea el cerebro.  Solo hay una persona en el barrio que posee ese tono de cabello.  
Laura.
Laura, la niña que vi crecer  y cuya figura había comenzado a redondearse apenas un mes antes.
Recordé los gritos de Simón, mi  hijo.  Una noche, en mi casa, discutieron por el niño que venía en camino. La eterna cuestión: ella quería tenerlo, él no.  Yo, cobarde, no dije nada aunque mi sentimiento estaba con Laura y mis ganas de que tuvieran al bebé se quedaron mudas ante los deseos de ese hombre egoísta que era mi hijo.
Sí, callé.
Ahora miro el cuerpo sin vida de Laura y sé el nombre de su asesino. Me escabullo hasta el portal de mi casa y subo las escaleras apenas sin respirar. Al entrar en el piso el silencio me recibe, y aunque la habitación de Simón está cerrada sé que mi hijo se esconde en su interior. Puedo oler el miedo saliendo por debajo de la puerta.
Si hay alguien a quien he amado ha sido a Simón. Si él desaparece yo me diluiré en la nada, dejaré de existir. Debería protegerlo, mi hijo es todo para mí.
Entonces pienso en Laura y en el bebé que nunca conoceré. Sé lo que tengo que hacer.
Miro por la ventana, la policía sigue en la calle.
Sin mirar atrás bajo en su busca.


lunes, 8 de mayo de 2017

Carta desde la ría



Relato seleccionado para el segundo libro de Vigo Histórico




Querida Isabel:
Hace ya varias jornadas que salimos de la ría de Vigo y nos adentramos en mar abierto, pero mis ojos no han podido olvidar la increíble puesta de sol que ofrece ese venturoso brazo de mar.  Tal vez, algún día, vuestros reales luceros puedan contemplarlo también.
Os transcribo estas líneas para que os quede manifiesto  lo mucho que anhelo veros de nuevo.  Demasiado, tal vez.
Son ya varios los días de travesía y ansío poder tocaros. Ya falta poco para ello. Pronto arribaré en nuestras aguas y cuando desembarque, obviaré a mi esposa e iré a buscaros.  Y lameré vuestro cuerpo para seguido poder penetraros con ansía.
Me río cuando algunas lenguas afirman que sois virgen. No se imaginan el ardor mostrado por vos bajo las sábanas de seda. Tampoco vuestra entrega a mi persona, a veces con sumisión, las más con pasión.  Me gusta tiraros de vuestros cabellos rojos y mancharos la piel, tan blanca, con mi saliva.
Gozáis.
Gritáis.
Y por el placer que os provoco  habéis  tenido a bien encumbrarme a lo máximo que un hombre como yo podía aspirar. Soy un héroe para vos. También para nuestro país. Para otros solo un pirata. Pero no me incumbe el nombre que se me quiera dar. He podido cumplir mi venganza contra los españoles y eso es más de lo que podía esperar cuando, siendo un muchacho de seis años, mi familia y yo tuvimos que huir de nuestro pueblo debido a la invasión de los católicos.
Y los españoles son católicos.
Me repugnan.
Eso, sumado a la humillación recibida por aquellos habitantes de la pequeña villa de Vigo, me enerva. En ese poblacho inmundo,  tan solo tomé prestado todo el ganado vacuno que pude y ellos, sin distinción de clases, edad o sexo, se defendieron de nosotros con tal bravura que tuvimos que huir, abandonando las reses.
Prometí volver.
Para vengarme.
Y así ha sido.
Gracias a vos he podido  cumplir mi venganza contra esos puercos españoles. Y es que vos, mi amada, habéis tenido a bien concederme patente de corso. A cambio, reparto mi botín con vos, pero sé que parte de él lo utilizáis para engrandecer el país y la corona.
Vuestra corana.  
Ha de saber, mi querida Isabel, que nuestras bodegas van llenas de tesoros. Pude darle su merecido a esos gallegos bastardos. ¿Podéis imaginar doscientas embarcaciones, ancladas en cadena, cubriendo las distancias entre las pequeñas poblaciones de Bouzas y Teis? ¿Podeis figuraros a  siete mil hombres prestos a desembarcar para derruir y saquear Vigo? Es, como ya sabéis, la localidad más desprotegida de la costa gallega.
 Sí, sé que podéis visualizarlo. 
Sois como yo.
Sanguinaria y cruel con vuestros enemigos.
Os  hubiera complacido ver como desembarcábamos en el arenal de Coia y en la parroquia de Teis, para así avanzar hacia un  Vigo desprovisto de fortificaciones y murallas. Era la situación perfecta para nuestros planes.
No había casi nadie en la villa, habían huido. Algún resistente quedaba, pero se iban batiendo en retirada, no sin antes dejar algún muerto de los nuestros. Poca cosa. Y entonces comenzó mi verdadera venganza.
Mis hombres quemaron un convento de monjas llamado Los Remedios. Después se cebaron con la iglesia de Santa María y los monasterios de San Francisco y Santa Marta. También el hospital de peregrinos fue sacrificado. El fuego, espeluznantemente hermoso, se extendió por la villa quemando más de doscientas casas.
El desquite estaba cobrado.
Una vieja pasó cerca de donde yo me encontraba y vaticinó mi muerte. Morirás de disentería, me dijo. Después, escupió en el suelo.
Meigas las llaman.
Brujas.
Si creyera en ellas, no se me antojaría una muerte cruel. Peor sería perecer en estas aguas, lejos de vos.
Reembarcamos  las tropas e izamos las velas para salir rumbo Norte. A casa.  Pero no contábamos con viento fuerte del sudoeste.  Dos de nuestros barcos, de vuestra armada, fueron arrastrados  hacia la costa norte de la ria y golpearon  las rocas  sin ninguna posibilidad de rescate. Los aldeanos de Cangas aprovecharon  para atacar e incendiaron los barcos, no sin antes rescatar algunos de los prisioneros  españoles  que llevábamos con nosotros.
Al día siguiente, el temporal seguía con fuerza y arrojó uno de nuestros barcos contra las islas Cies, quedando encallado.  Aunque este galeón no fue acosado, no hubo más remedio que vaciarlo de artillería y después incendiarlo.
Isabel, ya falta poco para avistar nuestras costas y aún no os he hablado del presente con el que quiero obsequiaros. Es la cabeza de un hidalgo de Coia que osó enfrentarnos. Al principio pusimos su testa en una pica y la cubrimos con una cabeza de cerdo. Después lo pensé mejor y la cubrí con una de ternera. Creí, que de esta manera, sería una pieza más acorde con vuestro salón de la Torre de Londres.
 Os gustará.
Pronto yaceremos juntos, mi Reina Buena, mi Reina Virgen.
Francis Drake.

viernes, 21 de abril de 2017

El sueño de Ana



La librería de los Faber estaba  situada cerca de el  Prinsengracht,  un canal en el lado occidental de Ámsterdam.  Adyacente a una casa museo era mi lugar preferido para pasar el día, no solo por mi afición a la lectura sino porque por  algún motivo que no lograba discernir, la cercanía de esa casa
me traía los últimos recuerdos felices de un pasado que, sin ser bueno, fue mejor que los sucesos  que vinieron  después.  En cierto modo era como volver al hogar ya que me hacía evocar momentos compartidos con otras personas que habían padecido lo mismo que yo.
Pero esos instantes intuía que no volverían. 
La librería era grande, con un suelo de madera oscuro que, extrañamente, a diferencia de las pisadas de otras personas, no crujía a mi paso ni acusaba el barro que me manchaba los zapatos.
La librería contaba con anaqueles altos, repletos de libros y polvo. Una escalera  ancha y de cuatro escalones  servía para que los dependientes pudieran alcanzar los ejemplares más elevados. Yo solía sentarme a leer en el primer peldaño de la escalinata y cada vez que los empleados querían utilizarla,  me levantaba para que ellos pudieran subirse en ella.
Nunca me dijeron nada.
Tampoco manifestaron en ningún momento disgusto o recelo cuando cada día cogía prestado un libro de los estantes. En realidad nadie me prestaba atención. Solo, algunas veces, notaba los ojos de la señora Faber fijos en mí.
Me observaba.
Con tristeza.
Y eso me confundía. Yo era feliz leyendo. No entendía el motivo de su pena al mirarme.
Me gustaba leer casi todo tipo de historias, menos las de guerra ya que esas me producían malestar, me agitaban y me hacían dejar el libro sin ningún cuidado en el anaquel. Era entonces cuando alguno de los dependientes se quejaba de frío o se quedaba mirando con fijeza el libro que minutos antes yo había tenido en mis manos.
Con desconcierto.
O miedo, tal vez.
La señora Faber, no. Ella movía la cabeza y musitaba palabras que yo no entendía a la vez que hacía la señal de la cruz en su frente, el gesto de los católicos
Un día, un ejemplar de Mujercitas  cayó en mis manos. El padre de las protagonistas estaba en la guerra y quise dejar el libro con presteza,  me quemaba en las manos, pero una fuerza superior me impidió hacerlo.  Comprendí el motivo en cuanto la autora me presentó a Jo. La formidable Josephine March.
La rebelde.
La escritora.
Y supe que quería ser como ella.
Sí, un día, yo sería escritora y miles, millones de personas, me leerían.
Comprendí que la mejor manera de prepararme para ello era continuar leyendo. Sin parar. Leía, leía y leía. Día y noche.
Un día y otro. 
Sin descanso.
Una mañana de primavera, la señora Faber se acercó a mi escalera. Miró a su alrededor y cuando comprobó que nadie estaba cerca, me habló:
—Ha llegado el momento de que descanses, mi querida Ana.
—No puedo, tengo que prepararme para ser una gran escritora —le contesté.
—Tu sueño ya lo has cumplido, mi niña, ahora debes partir —me dijo con una voz que a mí me sonó a enigma.
Pero también a cariño.
Entonces, se sacó de un bolsillo de su delantal un ejemplar de una novela pequeña y me la tendió. Allí, en la portada, estaba mi foto.  Una niña delgada y morena. Sonriente.
Encima de la fotografía, mi nombre.

Ana Frank.

martes, 14 de marzo de 2017

Cultura Musical

El domingo llevé a mi niño de cuatro años a un concierto para niños. Era de una banda tributo de AC / DC . Al principio parecía que le gustaba, después ya no. Pero eso no quita para que en mayo lo lleve a uno de Queen. Y es que creo que es importante todo de tipo de cultura. Y AC/DC y Queen y un largo etc de grupos son cultura. Además no quiero que con Hugo pase lo que dicen en este artículo. NO. O cómo algo que me dijeron una vez: no sé quien es Freddie Mercury...
http://cultura.elpais.com/…/actuali…/1489322663_407473.html…

viernes, 6 de enero de 2017

Lo que la Navidad nos trajo



Erik
Me atusé el bigote, sonreí al espejo y  me cepillé las botas. Era el día de Navidad y quería estar presentable ante la llegada inminente de los nuevos inquilinos. Sabía que a ellos no les importaría mi aspecto, pero me gustaba demostrar mi superioridad en cada ocasión que mi trabajo  lo requería.
No es que me gustara trabajar el día de Navidad, pero los residentes llegaban todos los días y no era cuestión de acumular trabajo, me gustaba ser eficiente y cumplir con mi obligación aunque fuera el día en que se celebraba el nacimiento de Jesús. Nuestro Dios.  En cualquier caso, intentaría acabar pronto. Me esperaba una suculenta comida en compañía de mis compañeros y después, tal vez, los brazos de Nadia, la sirvienta.
Elena bajó del tren mirando al frente, altiva. No la reconocí al instante, por supuesto.  Estaba flaca y desmejorada, con ojeras negras que destacaban en un rostro  afilado y pardusco. Pero sus labios, a pesar de estar ajados, conservaban esa forma de fresa que una vez tanto me gustó.   Pero cuando los abrió, tal vez para hablarme, pude vislumbrar unos dientes rotos y ennegrecidos.
No.
Ya no era mi Elena. Aunque su boca se empeñase en indicarme lo contrario.
—Erik… —articuló como pudo Elena. Su voz, a pesar de su altivez, estaba rota. Muerta.
Recordé la última vez que nos habíamos visto.

Elena
Nunca olvidé a Erik. No solo porque mi corazón de niña un día lo amó, tampoco por su nula defensa ante mí cuando sus padres me echaron de su casa. Creo que si Erik se quedó para siempre en mi mente fue por su afán de destrucción aquella noche espeluznante.
Erik era algo mayor que yo y estudiaba en una academia cercana a mi colegio. A veces, me esperaba a la salida de mis clases y me acompañaba a la librería de mis padres, donde mi madre solía obsequiarnos con una gran taza de chocolate y picatostes.  Erik se relamía al ver la merienda y al ver su lengua yo imaginaba que era a mí a quien chupaba. Me preguntaba qué pensaría el puritano de Erik  si supiera lo que mi cuerpo, ya de mujer, anhelaba.
Una mañana, mi padre me dijo que no podía ver más a Erik, que era peligroso, aunque no me explicó los motivos. Yo me enfadé, mis padres no eran intransigentes ni me prohibían cosas, y en un acto de rebelión les dije que en ese mismo instante me iba a verlo. Era el día de Navidad de 1937 y desoyendo las recomendaciones de mis padres que opinaban que no era el mejor día para salir de casa, me fui en busca de mi amigo.

Erik
Llevaba varios días sin ver a Elena, la librería de sus padres estaba cerrada y nadie parecía saber nada de ellos, pero la mañana de Navidad la vi rondando mi calle. Hacía frio, así que la invité a entrar en casa para que se calentara. Decidí invitarla a comer, mis padres no pondrían objeciones, eran unas personas devotas y buenas, que nunca le habían negado el pan a nadie. Por eso me sorprendí cuando mi madre dijo:
—No compartiré mi mesa con una judía —Y clavando sus ojos en mi amiga, continuó: — vosotros matasteis a Cristo y nos gustaría celebrar el día de su nacimiento a solas.  Así qué, por favor, sal de mi casa.
Yo no cuestioné la decisión de mi madre. Sus palabras, así como las de mi padre, eran ley para mí.
No acompañé a Elena a la puerta. Dejé que mi amiga se fuera de mi casa y de mi vida para siempre.

Elena
Cuando la madre de Erik me echó de su casa, caminé despacio, a pesar del frio, esperando oír las zancadas de Erik detrás de mí, incluso imaginé su brazo rodeándome los hombros. Pero esto no sucedió. No volví a verlo en mucho tiempo.
Al llegar a mi casa, mis padres me esperaban preocupados y decepcionados. Me abrazaron e intentaron consolar el corazón roto de una muchacha de catorce años.
La vida más mal que bien continuó para nosotros. Ese año de 1938 a los niños judíos se nos prohibió ir al colegio. Pero lo peor aún estaba por llegar: una noche de noviembre unos exaltados entraron en nuestra librería, destrozándolo todo. Rompieron los amados libros de mis padres y después los quemaron. Uno de esos lunáticos era Erik.

Erik
La Noche de los cristales rotos destrozamos la librería de los padres de Elena. Me ensañé. Podía haberlo hecho con cualquier otra, pero en cada golpe dado descargaba la ira porque me habían robado a Elena. Ella era una judía. Nunca podría volver a ser su amigo. Mucho menos su amante o esposo. Mi sangre no podía mezclarse con la de ella, era lógico, pero ni tan siquiera había probado sus labios…
Esos labios que ahora pronunciaban mi nombre. Supe que si la tenía en el campo, su presencia me atormentaría hasta el punto de besar su boca maldita. Ese beso me llevaría a algo más. Al pecado. Y no podía consentirlo.
No.
Cogí mi arma y, cerrando los ojos,  disparé.

Elena
Esos cristianos que nos acusaban de haber matado a su Dios, se dedicaban a matar judíos igual que lo habían hecho durante siglos. Erik era uno de ellos. Y ahora era mayor, más fuerte, más cruel. Intuí que en esos tensos momentos en que me vio bajar del tren y me reconoció, su cuerpo ardió de deseo. También supe que él y yo nunca nos conoceríamos como hombre y mujer.
Entonces disparó.
Y el cuerpo del hombre que una vez yo había amado, tiñó de rojo la sucia arena de la estación de Auschwitch.
Después, mi destino se entrelazó al de miles de personas cuyos antepasados habían matado a ese Dios que justo hoy, como todos los años, volvía a nacer para demostrarnos su amor.


984 palabras

domingo, 6 de noviembre de 2016

Tus sombras no son las mías


Con este relato me he clasificado en la segunda posición del reto organizado por Territorio de Escritores. Había que utilizar estas palabras: amor, ingratitud, obsoleto, inhóspito, fobia, coctelera, compañerismo, régimen, mágico, mariposa, soñar, calma, confianza, conmoción, cordura, prosopagnosia y estolidez.

En un cuartucho inhóspito y frio de un hospital obsoleto, Fernando recibió un diagnóstico sorprendente: prosopagnosia adquirida causada por una fuerte conmoción cerebral.
Vivir en un país con un régimen militar no era fácil para alguien como él. Era un maricón, un sarasa, una mariposa que despertaba la fobia de sus semejantes y el acoso de las autoridades.
Pensó en  Ramón, un joven de su barrio que olía a linimento de menta y  tabaco. Habían forjado una buena amistad llena de confianza ganada  en la calle y en los sótanos de los billares, a golpe de taco y caladas compartidas.  El compañerismo de los dos muchachos se convirtió en algo mágico que inundó a Fernando de algo desconocido para él: amor. Al principio, había pensado que tal sentimiento tan solo era una estolidez, pero pronto tuvo que rendirse a la evidencia.
En aras de mantener la cordura y las buenas costumbres, Fernando se contentó con soñar con Ramón y, aunque le costaba mantener la calma, nunca le dijo nada.
El tiempo pasó y la vida separó a los dos amigos. Fernando se resistió, pero finalmente siguió su naturaleza y en unos lavabos sórdidos del centro se dejó llevar.  Solía ir los sábados y algún domingo por la mañana.  No era feliz con la situación pero era lo que tenía y se conformaba con ella.
Pero hubo una redada.
Alguien pegó a Fernando en la cabeza a y sintió esta agitarse como una coctelera en el mismo momento que un olor conocido impregnaba sus fosas nasales.
Después, la oscuridad.                         
La puerta del cuartucho se abrió y un hombre de rostro desconocido se acercó hasta él. A pesar de no reconocer las facciones del individuo un fuerte olor a linimento de menta y tabaco le hizo reconocer al instante a su amigo de infancia.
También a su verdugo.            
Instintivamente, Fernando cerró los ojos.
—¡Qué ingratitud! —exclamó Ramón. —Si no fuera por mí estarías en la cárcel en lugar del hospital.
Era el 14 de julio de 1954 y España acababa de incluir a los homosexuales en la Ley de Vagos y Maleantes.              

viernes, 4 de noviembre de 2016

Regreso al hogar


Relato ganador del II Certamen de relatos organizado por Radio Mandala online. El tema sobre el que había que escribir era la muerte.


Regresé al lugar en el que fui feliz, pero no lo hice sola. Me acompañaban mis vecinos, aquellos que vivieron al otro lado del muro en la época en la que el mundo se destruía.
El jardín estaba lleno de maleza  Las begonias, que un día mi madre había cuidado con tanto  amor no existían  y en su lugar languidecían unos cuantos esquejes.
La piscina era un agujero lleno de suciedad e insectos muertos. Y el arenero en el que mis hermanos y yo jugábamos durante horas ya no existía. Tampoco quedaba ceniza.
Pero aún perduraba la puerta. La entrada al infierno. La abertura del jardín  que mi padre atravesaba todos los días para ir al trabajo. El paso protagonista de mis pesadillas.
Porque detrás de esa puerta estaba La Muerte. Una muerte que no daba abasto, que se retroalimentaba, que disfrutaba en su siega. La Parca nunca hubiera imaginado un lugar mejor para extender sus manos y cosechar. Era fácil, le hacían el trabajo un día tras otro, noche tras noche. Durante años.  
Yo admiraba a mi padre sin saber que era un sicario de esa muerte que vivía tras la tapia del jardín. Tardé mucho tiempo en saber que al comandante de Auschwitz, por servir a la muerte, se le remuneraba con techo y comida. Además de dinero. Mucho.
Aunque… quizá cansada de tanto dolor,  la muerte decidió ejecutarlo a él. Yo me marché, pero muchas de las personas que habían vivido allí se me instalaron en la cabeza. Es con ellas con quienes acabo de atravesar la maldita puerta y juntas contemplamos ahora el horror que alguien decidió dejar intacto.

Al comprender la magnitud de lo que allí había sucedido he llamado a la muerte, pero esta no viene.  Ha debido  huir.  Asustada.